Escuchar audioguía
≈ 2–3 min
Transcripción
Cuando cae la noche, Sevilla no se apaga, cambia de tono. La ciudad pasa del calor blanco del día a una luz cálida y dorada que transforma sus fachadas. Empieza el paseo, si puedes, sobre el Puente de Isabel II, mirando hacia la Torre del Oro: verás la orilla iluminada, las palmeras recortadas y el reflejo tembloroso sobre el río. Baja a la calle Betis, en Triana, y elige una terraza para tomar algo. Al otro lado, la fachada del Hospital de la Caridad, la Maestranza y la Catedral parecen dibujadas en oro viejo. Cruza después hacia la ciudad y pierde el rumbo por Santa Cruz: las farolas encienden los patios, los balcones de rejas negras y las plazas escondidas, y de pronto oyes a alguien tocando una guitarra en algún rincón. Sigue por la calle Mateos Gago hasta la plaza de la Virgen de los Reyes, donde la Giralda toma un color casi rosado bajo los focos. Si te apetece cenar tapas, la zona de Alameda de Hércules es la más animada, con música en directo y muchos jóvenes; para algo más tradicional, elige la calle Mateos Gago, la calle García de Vinuesa o Triana. Consejo de visita: en verano, hasta bien entrada la noche, la vida está en la calle; en invierno, todo se recoge antes. Si puedes, cierra la noche con un paseo por los Jardines de Murillo o por el paseo Marqués de Contadero, junto al río: verás la ciudad respirar tranquila. Al despedirte, dile buenas noches a Sevilla; ella siempre responde con música.
