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Transcripción
El flamenco no nació de la nada: es el fruto de siglos de encuentro entre gitanos, moriscos, sefardíes, africanos y andaluces pobres en el bajo Guadalquivir. Sevilla, junto a Jerez y Cádiz, es una de sus tres capitales. Aquí, sobre todo en Triana y en el barrio de La Alameda, se forjaron muchos de sus palos y figuras. Un palo es un estilo, cada uno con su compás y su emoción: la soleá suena a soledad y dignidad; la seguiriya es puro dolor; la bulería es fiesta desatada; el fandango, luz y coplas; la sevillana, la más popular, se baila en las ferias por parejas. En Sevilla nacieron gigantes como Silverio Franconetti en el siglo XIX, la Niña de los Peines, Manolo Caracol, Antonio Mairena y muchos más. La guitarra flamenca sevillana también tiene un sonido propio, marcado por maestros como Diego del Gastor o Manolo Sanlúcar. Hoy tienes tres formas de vivirlo: los tablaos, pensados para el turista y con muy buen nivel; los teatros, con espectáculos más elaborados; y las peñas, pequeñas asociaciones donde el flamenco es más íntimo y auténtico, muchas veces con la gente cantando junta al terminar. Consejo de visita: acércate al Museo del Baile Flamenco de Cristina Hoyos, muy cerca de la Catedral, para entender lo que estás viendo; y al menos una noche, deja pasar la cena tardía y siéntate cerca del escenario en un tablao pequeño de Triana o Santa Cruz. Escucha, aunque no entiendas: el flamenco se comprende primero con el cuerpo, y solo después con las palabras.
